Cómo poner límites a tu adolescente sin entrar en una lucha constante

 

Llegas a casa después de un día largo y, antes incluso de dejar las llaves, ya estás diciendo:

 

—"Recoge la ropa."

—"Apaga el móvil."

—"¿Has hecho los deberes?"

 

Cinco minutos después estáis discutiendo.

Otra vez.

 

Y te descubres pensando:

¿Por qué todo acaba siendo una pelea?

 

Has probado de todo, has hablado con amigos y ahora estás leyendo esto en busca de una respuesta que te dé la clave para que tu hijo/a adolescente siga unas normas básicas en casa.

Pero por otro lado no quieres que tu casa parezca un cuartel militar, sólo pides que haya armonía y entendimiento. 

 

Juraste que nunca levantarías la voz como hicieron contigo.

 

Que escucharías más.

 

Que tendrías paciencia.

 

Y, sin darte cuenta, un día escuchas salir de tu boca una frase que juraste no decir jamás.

 

 

¿Y si el problema no fuera que has perdido la autoridad, sino la forma de ejercerla? 

Y hablo de autoridad, no de autoritarismo. 

 

Un límite no es una orden. Es un acto de responsabilidad. Cuando pones un límite desde la calma, 

le estás diciendo a tu hijo/a:

"Hay cosas que todavía no puedes sostener tú solo. Hasta que puedas hacerlo, me corresponde a mí."

 

Muchas veces pensamos que los límites sirven para controlar la conducta. 

Yo creo que sirven para algo mucho más importante: preparan a un hijo/a para vivir en un mundo donde no siempre podrá hacer lo que le apetece.

 

Cada límite bien sostenido es una pequeña oportunidad para aprender responsabilidad, paciencia, respeto y tolerar la frustración.

Cada límite también transmite una forma de estar en el mundo. 

Detrás de cada "no" hay unos valores, una dirección y una manera de entender la vida.

 

Los límites no dependen solo de lo que decimos. También dependen de cómo los adultos los sostenemos. 

Pero, ¿qué pasa cuando los adultos transmiten mensajes contradictorios?

El adolescente pierde claridad y rumbo.

 

Un límite es claridad: cuando hay claridad, hay descanso para ti y para tu hijo/a. Hay descanso para toda la familia.

Solemos pensar que los adolescentes quieren vivir sin normas y yo no estoy tan segura: van a protestar, van a discutir

e intentarán negociarlo todo. Es parte de su trabajo. Y la claridad da seguridad, aunque en ese momento no sepan reconocerlo.

Por eso, para un adolescente es difícil sostener un límite cuando quienes deben acompañarlo no están de acuerdo entre sí. 

No significa que los padres tengan que pensar exactamente igual. Significa que el adolescente necesita sentir que los adultos van en la misma dirección. Se trata de que el adolescente no tenga que cargar con el peso de decidir quién tiene razón.

La próxima vez que tu hijo cuestione un límite, recuerda que no siempre estará poniendo a prueba tu autoridad.

Muchas veces estará comprobando si ese adulto con el que tanto discute sigue siendo capaz de sostener el timón. 

Y quizá ahí esté una de las tareas más difíciles de ser padre o madre: mantener el rumbo incluso cuando el otro protesta por la dirección.

 

Porque poner límites no consiste en ganar una batalla. Consiste en cuidar la relación mientras ayudas a tu hijo/a a convertirse, poco a poco, en una persona adulta, capaz de ponerse límites a sí mismo/a. Ese es, quizá, el verdadero sentido de educar.

 

Y no, no siempre saldrá bien. Habrá días en los que perderás la paciencia.

 

Otros en los que tendrás que volver a empezar.

 

Educar también consiste en eso.

En seguir estando ahí.

No que hoy te obedezca.

 

Sino que mañana pueda gobernar su propia vida con responsabilidad, respeto y criterio.

 

Leticia Desena

Educadora Social y Familiar

 

Mi hijo adolescente ya no me habla, ¿qué puede haber detrás del silencio?

Parece que fue hace solo unos días.

Tu hijo llegaba del colegio y empezaba a contarte el día casi sin que se lo preguntaras. 

-"Mamá, ¿sabes lo que ha pasado hoy?"

- "Papá, ¡mira lo que he hecho!" 

 

Hoy, en cambio, apenas responde con un "bien" cuando le preguntas cómo está. Se encierra en su habitación y tú te preguntas:

 

¿Qué está pasando? 

¿Dónde está mi hijo? 

 

Es un cambio tan repentino que no te ha dado tiempo de asimilarlo. 

Y es que el paso a la adolescencia es un pequeño duelo para los padres. Dejas atrás al niño o a la niña que dependía de ti, que te necesitaba para todo, que te miraba con admiración y ahora, todos os estáis adaptando a una nueva etapa.
Es un duelo invisible por el que pasan muchas madres y padres cuando los hijos se hacen adolescentes. 

El cambio es tan rápido que no te ha dado tiempo de despedirte de la etapa anterior. 

 

Es normal que sientas nostalgia. 

Que eches de menos a aquel niño que buscaba tu mano para cruzar la calle.

O que te preguntes si estás haciendo algo mal. 

 

Ahora te toca acompañar a tu adolescente desde otro lugar. 

Quizás puedas decirle, aunque solo sea para tí: 

 

“Estás creciendo muy rápido y me estoy adaptando a esta nueva etapa. Me alegra verte crecer. Estoy aquí para acompañarte en tu nuevo camino”.

 

La experiencia es nueva en casa para todos, porque aunque ya hayas pasado por ahí, cada adolescente lo vive  de manera diferente. Esto requiere conversaciones importantes, presencia, humor compartido… Y también aceptar que habrá conversaciones que todavía no están preparados para tener. Y deja espacio para conocer a la persona que está emergiendo. 

Muchos padres sienten que su hijo/a ya no los necesita. Eso no es cierto, te sigue necesitando y mucho, solo que ahora de manera distinta.

 

No te quedes en la conducta, mira más allá, porque la educación no ha terminado en la infancia. 

Cuando un adolescente deja de hablar, no siempre está rechazando a su familia. 

A veces está intentando construir un espacio propio. 

Otras veces está confundido. 

O necesita sentirse escuchado sin miedo a ser juzgado. 

La conducta es solo la puerta de entrada. Lo verdaderamente importante suele estar detrás.

Hay necesidades, emociones y preguntas que todavía no sabe expresar. 

Cuando un adolescente deja de hablar, muchas veces no está rompiendo el vínculo. Está cambiando la forma de relacionarse contigo, con los demás y consigo mismo. Está descubriéndose.

 

Necesita tiempos propios.

Espacios propios.

Pero también necesita saber que estás ahí.

 

 

Porque crecer no significa dejar de necesitar a los padres. Significa empezar a necesitarlos de otra manera.

Y quizá ese sea también el aprendizaje más difícil para nosotros: seguir estando presentes sin ocupar todo el espacio.

 

Si sientes que la comunicación con tu adolescente se ha vuelto difícil y no sabes cómo recuperar el vínculo, pedir ayuda también puede formar parte del camino.

 

Leticia Desena

Educadora Social y Familiar

 

El error más común en un conflicto con tu adolescente

En plena discusión, el error más común es querer que tu adolescente entienda algo cuando está enfadado/a. 

Sí, parece muy obvio, pero es algo que se olvida en momentos de tensión. 

En esos momentos, no está disponible para escuchar ni aprender, solo para defenderse.

 

Sin calma no hay conexión. 

 

Por eso:

- Baja el tono

- Habla despacio

-Usa mensaje corto y claro, porque no te está escuchando.

-Recuerda que en ese momento lo que necesita es  regulación, escuchar vendrá después.

- Incluso valora si es necesario usar palabras: el silencio y la calma son más potentes.

- Mírale a los ojos. No te comuniques en la distancia. La mirada ayuda a salir del enfrentamiento y favorece la conexión. 

 

Tu adolescente necesita límites, necesita firmeza.

Pero sobre todo necesita un adulto que sea capaz de sostener la calma cuando él o ella ha perdido la suya

 

Si sientes que la comunicación con tu adolescente se ha vuelto difícil y no sabes cómo recuperar el vínculo, pedir ayuda también puede formar parte del camino.                                                               

 

Leticia Desena

Educadora Social y Familiar

¿Por qué con adolescentes y familias?

La adolescencia es una etapa de transformación profunda para todos los miembros de la familia.

Mientras los y las adolescentes buscan su lugar en el mundo, madres y padres también necesitan encontrar nuevas formas de acompañarles sin perder el vínculo.

Mi propósito es ayudar a las familias a comprender qué está ocurriendo más allá de la conducta  y recuperar el vínculo y la convivencia. 

Mi objetivo es que los padres y los hijos se encuentren donde cada uno pueda ser libremente como es. 

La vida es como un baile, y así como bailamos en la familia, bailamos en la vida.

¿A quién estamos mirando y a quién estamos ignorando mientras bailamos? ¿A qué distancia? ¿Separados? ¿Demasiado juntos? ¿Permito a los demás  su propio baile? ¿Es genuino o estoy imitando el de otros?

 

Juntas lo descubriremos.

 

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